Reseña
Publicado el 9 jun 2022

Problemas en el paraíso. Andrea Villalón en Machete

Hoy es 2022 y las dos tenemos 27 años
Reseña
por Verana Codina
Hoy es 2022 y las dos tenemos 27 años

Hace unos días, limpiando mi computadora, me encontré con una carpeta que contenía fotografías y gifs que se publicaron en la ya inexistente Rookie Magazine. En ellos aparecemos Andrea y yo posando en distintas partes de su antiguo departamento: un bloque de concreto autoconstruido encima de la casa de su entonces casera en la colonia Narvarte, donde pasamos interminables jueves por la noche tomando y hablando sobre arte, música y uno que otro chisme. No recuerdo bien cómo se instauró ese día, pero fueron varios meses de encontrarnos ahí, o bien en el Sumesa de la esquina para comprar provisiones —cerveza, limones y palomitas— y continuar con nuestra noche de chicas.

Así fue como tomó forma una amistad que, a pesar de la distancia kilométrica que hoy nos separa, continúa atravesándome. En Andrea encontré un símil con quien compartí e intercambié referencias y conversaciones que me han acompañado desde mis early hasta mis late veintes.

Hoy es 2022 y las dos tenemos 27 años. Ambas fuimos, o somos, usuarias de la tumblr era, presenciamos el inicio de la instagram era, continuamos siendo fanáticas del indie rock —incluso cuando se anunciaba muerto— y de bandas como Blonde Redhead, Deerhunter, Warpaint y Beach House. De Sofía Coppola y de Miranda July, de Molly Soda y de Petra Cortright. De Tevi Gevinson. De la indie sleaze era que hoy es analizada y teorizada en Tiktok como si ya hubieran pasado suficientes años para ser historizada.

Durante ese periodo, el medio en el cual la artista se desenvolvió fue la fotografía análoga, una técnica que agarró fuerza hacia el 2015, cuando resurgió una nostalgia por la estética de los años ochenta y noventa. A través de este medio, Andrea —recién mudada de Uruapan— creó un archivo de imágenes que retrataba su nueva vida en la Ciudad de México: sus amigos, sus recorridos, sus gatos, pero también su mundo interior, frecuentemente representado por ciertos objetos, situaciones y autorretratos.

Andrea Villalón, En la película de mi vida, 2022. Cortesía de la artista y Machete
Andrea Villalón, En la película de mi vida, 2022. Cortesía de la artista y Machete

A través de la constante aparición de esta simbología comenzó la consolidación de un lenguaje visual que se integró naturalmente a su obra pictórica cuando brincó de la fotografía a la pintura en el 2018. En su obra continuaron espejos y vidrios rotos, telarañas, jarrones con y sin flores, anillos, pastillas, velas encendidas, chorreadas o apagadas, notas con listas, frases y fechas, así como sillas estilo Cesca de Marcel Breuer, sacadas de su propio comedor.

Estos objetos inanimados cobran vida como símbolos que traducen los sentires de la autora a un lenguaje de íconos para que pesares como el transcurrir del tiempo y la fugacidad de la vida puedan ser absorbidos. Problemas en el paraíso no sólo es un clavado en la mente de Andrea, también en las profundidades de la mía o de quien la vea.

Andrea Villalón, Mesa de marzo, 2022. Cortesía de la artista y Machete
Andrea Villalón, Mesa de marzo, 2022. Cortesía de la artista y Machete

Las pinturas muestran escenarios construidos donde la disposición y sus componentes extrañan a tal grado que parecen estar suspendidos en el tiempo, como si la posibilidad de avanzar no existiera. Desde una página con una entrada de diario abierta en una fecha en específico, un paisaje nublado o un bodegón marchito, los espacios son acciones o momentos que no pueden ubicarse ni en este mundo ni en el mundo de las ideas, un lugar intermedio, un limbo.

Así como sucedió con las referencias que nos mantuvieron cerca esos años, encuentro ahora en su pintura una nueva oportunidad para reconocer y compartir un estado de ánimo en común, producto del temor a crecer y lo que implica experimentar la adultez durante este recorrido que nos acerca cada vez más al tercer piso.

Verana Codina

Publicado el 9 jun 2022