Exposición

Javier Barrios

Casa de sombras
Exposición

5 nov – 21 ene

Pequod Co.
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Calle Lancaster 29
Juárez
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hoy abierto 11:00 14:00
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Pequod Co. presenta el primer show individual de Javier Barrios (Guadalajara, 1989) en la galería: Casa de sombras.

Barrios desarrolló un invernadero, que es la pieza central de la exposición. Alude a los espacios de botánica decimonónicos, y resulta una de las obras más ambiciosas del artista hasta el momento. El show también incluye dibujos de la serie Buddhist Visions of Hell (2019-en curso). Estos dibujos presentan mundos surrealistas, mitológico-botánicos dónde las orquídeas son las protagonistas.

— Pequod Co.

Una vez más tenemos hambre de linchamiento:

Tres consideraciones sobre la obra reciente de Javier Barrios

I.

El primer antecedente histórico del invernadero se consigna en la extensísima Historia Natural de Plinio el Viejo: cuenta que el emperador romano Tiberio -aquel al que el mismo naturalista se refirió en otro momento como tristissimus hominum, el más triste de los hombres- debía por recomendación médica consumir cotidianamente un melón serpiente, hortaliza de la familia de las cucurbitáceas. Se construyeron así estructuras móviles que se desplazaban de manera tal que se pudiera aprovechar la luz solar durante el día y resguardarse de manera práctica por las noches o cuando las condiciones climáticas no eran óptimas, auxiliados por un ingenioso uso de telas aceitadas y lajas de mica que permitían controlar las variaciones de temperatura a las cuales estaban expuestas estos cultivos a lo largo de las distintas estaciones del año.

En la era moderna, la sofisticación de este principio se encuentra inextricablemente ligada a la época de las grandes exploraciones y de manera subsecuente, a la voraz expansión imperialista de las potencias europeas: de ahí que los avances más significativos en este método de cultivo se dieron en la Italia del siglo XIII, la Francia del siglo XVI y los Países Bajos del siglo XVII, destacando también la obsesión en la Inglaterra victoriana por estas estructuras y el universo de implicaciones que suponían.

La historia del invernadero es, en cierta manera, la cristalización del tropo inmemorial de la eterna -y fútil- batalla del hombre contra la naturaleza; a fin de cuentas, podríamos pensar en esta pugna, que implica también un choque entre la práctica de la arquitectura y la obsesión por el paisaje, como un esfuerzo perseverante por crear un mundo dentro de otro, estableciendo así un frágil dominio en este tiempo y espacio manufacturado.

Sin embargo, en este espacio liminal existen ciertas sombras, más allá de las proyectadas por las connotaciones poscoloniales, la sobreexplotación medioambiental y las consecuencias devastadoras de los procesos de industrialización que acompañan este relato. Es aquí significativo recordar que Plinio muere asfixiado por los gases tóxicos emanados del flujo piroclástico de la erupción del Vesubio en 79 e.c., en un desesperado intento por observar de manera más cercana la terrible naturaleza que a pesar de nosotros mismos, nos rebasa sublime e inconmensurablemente.

II.

En 1981, Rupert Sheldrake, un oscuro investigador británico que, hasta ese momento, había transitado libremente entre intereses tan diversos como bioquímica avanzada, fisiología vegetal, filosofía hinduista y meditación trascendental, postula una teoría que le valió el rechazo contundente de la comunidad científica internacional: la resonancia mórfica. En A New Science of Life, Sheldrake plantea que existen cierta clase de sistemas autocontenidos de conocimiento que condicionan fenómenos tanto biológicos como culturales, perceptuales y etológicos al transmitirse de generación en generación en todo tipo de sistemas naturales. Si bien hasta ahí podría sonar como un planteamiento afín a Lamarck y la biología evolutiva más tradicional, el asunto se torna progresivamente esotérico: establece la posibilidad -entre otras fascinantes excentricidades- de que grupos sociales de individuos interespecie son capaces de comunicarse a distancia haciendo uso compartido de una memoria ancestral y cumulativa que perdura y se manifiesta a través de los campos magnéticos terrestres. Dicho de otra manera, cada especie en este planeta participa de una circunstancia trágica: un pasado, presente y futuro compartido de los cuales resulta del todo imposible escapar.

III.

Javier Barrios presenta un grupo de obras inéditas realizadas entre 2019 y 2022. En este conjunto de exploraciones pervive una fantasmagoría que se desplaza libremente entre referencias tan certeras como dislocadas: el ukiyo-e, el primitivo flamenco, la ilustración botánica tradicional e iconografía mesoamericana y budista se funden en una plástica tan virtuosa como inventiva.

Más allá de la perversidad de este panorama sensual al que nos invita, tal vez el mayor acierto de su trabajo reciente radica en la destreza con que Barrios elabora una pesadilla pareidólica que abreva de todo esto y de nada a la vez. Estas propuestas muestran un artista que ha encontrado una visualidad y una narrativa propia a partir de la desestructura y un profundo entendimiento de su universo referencial, sus personajes y exóticas obsesiones. Este acercamiento no canónico al hacer se revela aún más refrescante al ubicarse en contraposición directa de las desgastadas estrategias exploradas por una contemporaneidad de consumo inmediato y desechable: estas imágenes son más cercanas a la aterradora idea del kalpa que a la impostura estridente y veleidosa de la red social.

En la instalación escultórica que se erige como eje central de la exhibición está presente un detalle perturbador en su sutileza. En uno de sus paneles, una multitud de orquídeas antropomórficas contemplan expectantes el momento previo en que un ave ataca a una polilla. En aparente reacción a la soberbia violencia de la escena, sus semblantes se desdibujan ya sea en un rapto celebratorio -o incluso terror puro- ante lo que podría constituir una parábola contenida sobre un linchamiento ocasionado por fobia a la diferencia. En otra de las obras presentes, los pétalos de una peonia se transmutan en una representación del fuego que nos podría remitir al Sūtra del Loto, uno de los textos sagrados más venerados en la tradición Mahāyāna. En uno de sus pasajes, la misma existencia es una casa en llamas y si no despertamos al dolor, éste terminará por consumirnos.

Uno se pregunta sobre los límites de estas paráfrasis febriles e intrigantes; tengo también que anotar que no dejo de percibir cierta sensibilidad punk presente ya en su trabajo previo y que al menos para mí, hace la obra presente en Casa de sombras tan seductora. Está ahí como antes pero es, al mismo tiempo, diferente: tal vez más madura y desencantada. Mientras tanto, Javier Barrios se vuelca -en sus palabras- dibujando ahora cosas vivas.

— Joaquín Segura